16 de agosto, 16:07h

Es solo una fecha y es únicamente una hora. Han cambiado el rumbo de una vida. De tres vidas, para ser exactos. Probablemente afecten las vidas de muchos más, allegados, y, por extensión, a las de los cercanos a éstos. Un abanico, una espiral, sin fin. No hay palabras que den voz a lo que acaba de ocurrir. Una vez escribí algo parecido, en la forma, a un poema. Para dar imagen a la vida nueva. Esta vez es aún más grande. Esta vez no tiene que ver conmigo, como la anterior. Esta vez es suyo, solo de ella. De la pequeña. De su madre. De su padre.

Bienvenida al mundo, Irene. Lo intentaremos hacer lo más especial y acogedor posible. Perdona, de antemano, si a veces no acertamos.

El tintineo de una gota que choca contra el suelo de porcelana de la ducha mientras los cubiertos hacen “plash, plash” al caer en el cajón

Un cubo de fregar triste y solitario rodeado de nada, descansa en medio de un patio yermo. Foto tomada desde el encierro, viendo la vida pasar.

El día a día repleto de sonidos humanizados o, tal vez, cosificados, que son parte de un ‘algo’ que ahora tiene significado.

Los ronquidos al andar por el pasillo, las pisadas en la cama, el ladrido del pez, el burbujeo de el libro que vibra, se encoge, grita de dolor. Se ahoga.

Con la gota que choca y se estampa contra tu superficie, horada y horada y horada, micra a micra, las partículas de tu materia inerte hasta traspasar los dos lados y poder ver a través de tu cuerpo. La visión, así, nítida. Los contornos delimitados. Los colores inconfundibles. Miraré desde aquí, esta pequeña parte que constituye mi mundo.

SIN TÍTULO (XLII)

Monumento a perro. Maravillas de mi pueblo. En pleno monte… quizás fue el último paseo del animal. Un animal muy querido. Siempre recordado entre quienes pasen por allí.

No había comenzado el proceso de descomposición y ya se habían abalanzado las hienas para repartirse los restos. Objetos de valor, desaparecidos, algunos incluso antes del sepelio. Lo más jugoso. Los reyes de la selva andaban detrás desde que los primeros síntomas de enfermedad emanaron del epitelio, de los capilares dilatados, de unas fauces permanentemente abiertas para que entraran las últimas inhalaciones. La élite del lugar esperó a que pasara el delirio para, con elegancia, recoger lo tan anhelado y alejarse despacio, con clase.

Las hienas aun tenían material para trabajar. Lo hacían con disimulo. Desvergonzadas limpiando hasta lo insalvable. Un espectáculo para el que los reyes no tenían estómago.

Los huesos se reservaron para los buitres. Los atacaron sin consuelo. Royendo hasta alcanzar la médula. Quedaron tan hechos pedazos, en meras esquirlas, que cuando acabaron con la última proteína no quedaba ni una pista para averiguar qué había sido el todo.

Las piezas fueron devoradas por la tierra, ocultadas por la hierba y refugio de insectos y vermiformes. Y se olvidaron.

24/05/2020

Luz ultravioleta. Acabo de descubrir la biblioteca de imágenes gratuitas disponibles en WordPress

No se si se trata de hacerse mayor y aprender a valorar otras cosas, de más calidad, o todo lo contrario. Perder criterio, empequeñecer y dirigirme hacia lo común. Hacia lo normal.

Todo por ver una película que recuerdo repetirla fin de semana tras fin de semana en mi adolescencia y que, ahora, me parece una estupidez inmasticable.

SIN TÍTULO (XLI)

He tenido lo que me parecía una gran idea para el comienzo de un texto esta mañana. Sabía que, como ocurre siempre, si no lo escribía rápido se me olvidaría. Era tan pronto… las persianas bajadas, casi no había luz, y solo tenía el móvil cerca para escribirlo. A mi misma en el grupo en solitario con quien más hablo en Whatsapp. Luego pensé en la luz cegadora provocadora de migrañas que saldría del dispositivo demoniaco al desbloquearlo. Me aseguré que esta vez no se me olvidaría. Era fácil, un par de frases que podrían ser el principio de un poema que acabaría en prosa. Y que no tendría rima. ¡Bendito estilo libre!

Y lo he perdido. Podría haber sido el comienzo de una ora maestra. O solo de una obra. O solo de un texto. Y lo he perdido porque no quería quedarme ciega o que me entrara dolor de cabeza o que la luz me desvelara y no pudiera seguir durmiendo. Soñando con algo que, tengo la sensación era agradable, también he perdido.

SIN TÍTULO (XL)

Albi, Francia. Un claro día de ¿verano?
El vacío no es oscuro no es un pozo no es una caída
al infinito
El vacío no es tristeza no es depresión no es melancolía
vuelta al azul
El vacío no es soledad y es soledad, soledad, sí, sin
duda.
Es un cuadro impresionista, son colores, brillantes,
Es otro baile más en le Moulin de la Galette,
es gente, es carcajada, sonrisa y más 
gente
gente por todas partes y el ruido de sus carcajadas y sonrisas y gente.
Es reflejo del vacío y el vacío se refleja
incurable
tan brillante
tan perfectamente
Vacío

SIN TÍTULO (XXXIX)

La primera carta que le escribió nació desde la rabia más descontrolada. Podría haber roto una ventana de un golpe, dado una paliza al primero que le perdonara la vida con la mirada, llorado ruidosamente y sin vergüenza durante días, babeando la almohada, como escribir una carta. Una respuesta irracional arrancada del desconsuelo.

En aquellos días toda su sangre y oxígeno era sentimiento. Se alimentaba de emociones. El amor, su favorita. Llevaba años buscando enamorarse sin saber qué significaba y, por ello, con miedo de encontrarlo y perderlo por no identificarlo. “No, lo reconoceré, sin duda”, se decía. Lo consiguió. No duró más que al principio el amor que él se imaginaba que era amor. Y sólo en intervalos.

La primera carta, fruto de la primera desilusión, se escribía con palabras amargas. La intención. Justo como se sentía.

Su subconsciente elegiría la carta frente a actos delictivos porque tendría algo que contar. Porque necesitaría desahogarse. O únicamente porque era un completo cobarde, a quien iba a engañar.

Querida Norma: Cariño: Norma:
Esto no puede seguir así. Parecemos Estamos más distantes, dos extraños, ahora que estamos casados. No hay muestras de cariño. Tampoco nuestro tiempo de intimidad. Incluso tu mirada y tus gestos han cambiado. Apenas me miras. Incluso yo lo he notado, y sabes que no soy muy vivo para estas cosas. Me gustaría que me recibieras con un beso en la puerta y el olor de la comida recién hecha al llegar a casa. Que me preguntaras qué tal el día. Mejor si además de la pregunta te interesara la respuesta, pero eso no te lo pido. Últimamente pasas todo el tiempo en tu mundo. Con tu cabeza viajando a través de pensamientos que a ti te vienen así, tan fluidos, y a mi me cuestan un buen rato parado para rozar, si acaso, la superficie de su sentido. Tu tienes tus cosas, lo entiendo, y no te reprocho nada, no pienses que esta carta trata de eso, de reproches. Probablemente tu nunca llegues a comprender mis propios pensamientos. Nadie es demasiado especial.

Te quiere igual que el primer día,
Lucio

Día de suerte

Cosas que pasan así, como bendición casual, como casualidad bendita benévola beneficiencia beata. Y eso.

1. Habia dos huevos salidos de un cascarón. Dos yemas como soles naranja intenso, ¿dos claras? Eso no lo puedo saber. Igual podría. ¿Mayor densidad? ¿Mayor volumen de líquido viscoso semi-transparente? Como el del periodo de ovulación…

2. Tengo una cazuela nueva. Ésta antiadherente. Es la quinta que entra en casa en los últimos meses. Mejor no comentar lo que ha pasado con las otras. Aviso: no quedan cinco.

3. Joyitas que se encuentran en libros viejos pero no antiguos. Es nuevo, no leído, pero escrito hace años. Es viejuevo. Y aquí esta:

Capítulo 28 de Rayuela por Julio Cortázar